Capítulo 2: La Carta

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La carta apareció al segundo día.

Valentina la encontró en su pupitre cuando llegó a la escuela. Un sobre color crema, sin sello postal, sin dirección de remitente, con su nombre escrito en una caligrafía que no reconoció — elegante, inclinada, con las tes cruzadas muy alto, como si cada letra quisiera escapar de la línea.

"¿Quién dejó esto aquí?" preguntó a la sala vacía. La escuela todavía no abría; Valentina siempre llegaba temprano para leer en silencio antes de que los otros ocho alumnos del pueblo llenaran el aula con su ruido.

Abrió el sobre. La carta estaba escrita en tinta que — Valentina pestañeó — cambiaba de color según cómo le daba la luz. Azul oscuro junto a la ventana, verde esmeralda bajo la lámpara fluorescente, y un violeta profundo cuando la cubría con la sombra de su mano.

"Valentina," decía la carta.

"Sé que no quieres saber de mí. Sé que tu madre te dijo que me fui porque no los quería, y ella tiene todo el derecho a creerlo así. Pero la verdad es más complicada, como siempre son las verdades que involucran jardines que aparecen de la nada.

Yo soy el guardián del jardín. No lo planté — nadie lo plantó. Existe desde antes de que Aguaverde tuviera nombre, desde antes de que hubiera pueblo. Lo que sí hice fue prometerle que lo cuidaría. Y el precio de esa promesa fue irme.

El jardín no es solo flores y mariposas, hija. Es memoria. Cada flor que ves es un recuerdo de alguien que amó a alguien en este pueblo. Las raíces se alimentan de todo el amor que los habitantes de Aguaverde han sentido a lo largo de los siglos — el amor declarado y el silencioso, el correspondido y el perdido, el que duró toda una vida y el que terminó en una tarde.

Y las mariposas son los mensajeros. Cada una lleva un fragmento de esos recuerdos en sus alas.

Ven al centro del jardín la última noche. Necesito contarte el resto. Y necesito pedirte perdón cara a cara, aunque sea solo una vez."

No había firma. Solo una posdata:

"P.D. La ecuación cuadrática del libro está mal. El discriminante es negativo. Siempre tuviste razón."

Valentina dejó caer la carta. Sus manos temblaban. No de emoción — de rabia. Catorce años de silencio, catorce años de postal desde Bogotá y nada más, y ahora esto. Una carta escrita en tinta mágica con explicaciones sobre jardines encantados, como si un cuento de hadas pudiera compensar una infancia entera sin padre.

Pero la posdata. La maldita posdata.

Nadie en Aguaverde sabía lo de la ecuación. Ni siquiera su madre, que se había negado a admitir el error en público. Solo alguien que hubiera estado escuchando — ¿observando? — podría saberlo.

Valentina guardó la carta en el bolsillo y caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver el jardín, que había crecido durante la noche, extendiéndose ahora hasta las primeras casas del pueblo. Una mariposa estaba posada en el alféizar, abriendo y cerrando las alas con una paciencia infinita.

"Esto no cambia nada," le dijo Valentina a la mariposa.

La mariposa no respondió. Pero cuando alzó el vuelo, trazó un círculo alrededor de la cabeza de Valentina antes de dirigirse hacia el corazón del jardín, y por un instante brevísimo, Valentina sintió de nuevo ese tirón en el pecho — esa cuerda invisible que la conectaba con algo que no entendía y que, a pesar de toda su rabia y toda su lógica, no podía ignorar.

Siete días. Le quedaban siete días para decidir si iba al centro del jardín o no.

Y en algún lugar entre las flores imposibles, un hombre que llevaba catorce años esperando contuvo la respiración.

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